El
envejecimiento es uno de los procesos naturales que asustan a la gran mayoría de
hombres y mujeres. Afecta a las personas no sólo por la cercanía con la muerte
sino por las modificaciones fisiológicas que el efecto del tiempo conduce a la
salud. Al llegar a la tercera edad el ser humano comienza a experimentar un
declive en la mayor parte de las funciones corporales. Se presentan deterioros
inevitables en el organismo y la apariencia externa muestra las huellas de la
falta de antioxidantes.
Cada
vez más frecuente encontramos casos sobre la demencia senil, un padecimiento
caracterizado por síntomas como pérdida de la memoria, problemas motores y
alteraciones en la forma de interactuar con los demás; todos ellos originados
por daños en el sistema neuronal surgidos en promedio a partir de los 60 años.
Anteriormente
la aparición de los signos propios de la demencia senil eran catalogados como
una ‘fase natural’ de la ancianidad. Así, durante décadas expresiones como “se
le va el avión”, “ya está viejo y no sabe lo que hace” y otras similares han
sido empleadas con resignación cuando un anciano parece perder el control sobre
su mente y cuerpo. Sin embargo, está demostrado que es una patología y por
tanto existen métodos de diagnóstico, prevención y tratamiento que ayudan a
mejorar sustancialmente la calidad de vida de quienes la padecen.

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